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  • Foto del escritorPuebla Magazine

Casa del Deán: cuatro siglos de arte e historia | Los tiempos idos

Representativa del siglo XVI, aún se conserva la fachada y las salas en donde se encuentran los murales descubiertos a mediados del siglo XX



Hace 440 años el decano de la Catedral construyó su casa y nunca imagino que cuatro siglos después esta sería motivo de disputas y enfrentamientos entre empresarios y artistas plásticos empeñados en rescatar el patrimonio artístico y arquitectónico de Puebla.

La Casa del Deán resguarda en su interior frescos de un valor artístico único e incalculable, además de siglos de historia de una familia que por generaciones vivió entre sus muros. La parte que aún se conserva hoy es un museo administrado por el INAH.


EL DECANO DE CATEDRAL


La Casa del Deán data del período de la fundación de la ciudad, se construyó en 1580 cuando la ciudad tenía 49 años de existir, es una de las más antiguas que aún existe, expone David Ramírez Hutirón, investigador y fundador de Puebla Antigua.


“Fue construida por Tomás de la Plaza, quien fue el primer propietario y era el decano de la Catedral conocido como el Deán, de ahí que recibiera ese nombre”, señala.


La casa pasó a los descendientes de don Tomás de la Plaza que eran ´mayorazgo´ de los Pérez de Salazar. Mayorazgo era un sistema de reparto que beneficiaba al mayor de los hijos, permitía que las propiedades y fortuna siguieran en la familia, no se diseminaran y se acrecentaran.


“Me parece que una de las sobrinas del Deán se casó con uno de los Pérez de Salazar y de esta forma acrecentaron su patrimonio y fortuna. Desde finales del siglo XVI, esta familia y su descendencia (hijos, nietos, bisnietos, etcétera), habitaron la casa por 400 años; ahí vivieron como hasta 1938. Todos esos años se mantuvo prácticamente intacta, desde la época de la fundación hasta el siglo XX”, advierte.



El último dueño de la casa fue don Francisco Pérez Salazar, quien era amante del arte y un gran coleccionista. Fue mecenas de Hugo Leicht, su colección sirvió para que el historiador hiciera el libro Las Calles de Puebla.


“En la cuestión documental le ayudó mucho por todo lo que tenía: manuscritos, títulos nobiliarios de su familia, escudos de armas, pinturas, fotografías, etcétera. Cuando don Francisco falleció, su viuda empezó a vender todo lo que él había atesorado y comprado por años, para mantener su estilo de vida”, asegura.


“Don Francisco, tenía una biblioteca gigantesca y muchas de sus piezas pasaron a distintas colecciones, hoy se pueden apreciar, por ejemplo, en el Museo Franz Meyer, en el Museo Bello y en el Amparo”, señala.


LA INDUSTRIA BOYANTE DE LA ÉPOCA


Ramírez Huitrón dice que llegó un momento en que la viuda decidió vender la casa y alrededor de 1951, se la vende a la Operadora de Cines y Teatros de Gabriel Alarcón Chargoy, socio en el negocio de William Jenkins, quien la compró con la pretensión de poner un cine.


“Alarcón quería expandir su negocio y la casa estaba en un lugar perfecto, la 16 de septiembre y 7 poniente. En ese tiempo estaba muy fuerte la industria del cine y la gran competencia era entre los cines Coliseo y Reforma, en esta etapa también se construyeron el cine Continental, el México y el Colonial. Él quería entrarle al quite y compró la casa para derribarla por completo y construir su cine (hoy cinemex)”, detalla.


Un dato interesante de la propiedad es que en esa esquina de la 16 de septiembre y 7 poniente, estaba la botica de Antonio de la Cal y Bracho, un botánico poblano muy afamado que fue uno de los primeros farmaceutas modernos del país.


“Ahí había una pintura muy importante de Miguel Jerónimo Zendejas que está en el Museo Nacional de Chapultepec, un biombo gigantesco del siglo XVIII en donde se aprecian el tratado de las artes. Muchas de las piezas que había ahí, como los botecitos donde se guardaban las sustancias para hacer los medicamentos, hoy se encuentran en el Museo de San Pedro”, comenta.




UN DESCUBRIMIENTO INÉDITO


Cuando empezaron a expoliar la casa, retirar la herrería, llevarse todos los acabados, etcétera porque ya la iban a demoler, se descubrió una pintura mural del siglo XVI de valor incalculable, en la oficina de don Francisco Pérez Salazar.


“Empezaron a quitar el papel tapiz que había y al desprenderlo se dieron cuenta que abajo había pintura mural. Esto se convirtió en un rumor que se fue sabiendo de boca en boca y se volvió realidad cuando un miembro del Barrio del Artista fue a verlo y dijo que era algo inédito porque en ninguna otra casa particular había rastros de murales”, advierte.


“En determinado momento del siglo XIX taparon los murales con papel tapiz, lo que sin querer ayudó a conservarlos porque en esa época el engrudo era orgánico que se convirtió en una protección, por eso se preservaron los colores y el propio mural”, asegura.


El gremio del Barrio del Artista no estaba de acuerdo con que se demoliera la casa para convertirla en un cine gigantesco y mucho menos enfrente de la Catedral, entonces se empezaron a involucrar en el destino de la misma.


RESCATE DEL PATRIMONIO ARTÍSTICO


Ramón Pablo Loreto y Fernando Ramírez Osorio, grabadores de oficio y defensores del patrimonio arquitectónico de la ciudad, tomaron la batuta para que esto se diera a conocer, hacían sus propias publicaciones y su propio periódico mural. Empezaron a hacer activismo y a convocar a más académicos.


“Escribieron cartas dirigidas a personalidades como Francisco de la Maza que era el director del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y a don Manuel Toussaint, una persona muy reconocida que contaba con una gran trayectoria en la preservación de patrimonio. Se dieron cuenta de que era un caso único en toda la historia del país, entonces la casa adquiere mayor relevancia”, señala.


Gracias al esfuerzo y trabajo en conjunto, se consigue que se pare la obra. Francisco de la Maza le escribió una carta al entonces presidente de la República, Miguel Alemán Valdés, explicando la importancia del hallazgo, y en 1953, el dio la orden de que se detuvieran los trabajos de demolición.


El 3 de marzo de 1956 llegó a la capital poblana el arquitecto Gorbea, vino por parte del Instituto de Investigaciones Estéticas para saber en qué condiciones estaban los murales y corroborar la importancia de los mismos. Sin nada que objetar, la obra siguió parada.


“La empresa que estaba desarrollando el proyecto de construcción era Impulsora de Cines Independientes, con quienes se llegó al acuerdo para dejar la fachada de la casa intacta, porque era la porción de muro donde se encontraban los murales, en la parte de atrás. El resto de la casa lo tiraron, decisión que fue avalada por el entonces inspector de la zona de monumentos que era Miguel N. Sarmiento”, detalla.


El rescate de la Casa del Deán fue la primera gran lucha y la primera gran victoria del rescate de una casa por encima de los intereses particulares de alguien tan poderoso como lo era la William O. Jenkins”, concluye.



EL VALOR DE LA CASA DEL DEÁN


La Casa del Deán es una casa colonial del siglo XVI con un valor intrínseco único en América Latina, solo hay otra con murales semejantes en Tunja, departamento de Boyacá en Colombia. Es muestra de un proyecto arquitectónico que al mismo tiempo tiene un propósito estético y teológico, expone la doctora Rosalva Loreto, titular de la dirección de patrimonio histórico de la BUAP.


Refiere que en los murales de la primera sala se aprecia que es a través de carteles, que las sibilas enseñaban el Nuevo Testamento a las personas, y también se refleja una tensión ideológica.


“En la Europa católica de ese momento había procesos similares a los que estaban sucediendo aquí. En España estaban terminando de desalojar a los moros de su territorio y había cristianos conversos; acá se trataba de convertir a los indígenas al cristianismo. Por eso los murales de esta sala de la Casa del Deán representan esas tenciones teológicas e ideológicas”, señala.


En la sala de los triunfos que es la siguiente, las pinturas están inspiradas en las obras de Petrarca. Muestran el triunfo de la fe, cómo el hombre es finalmente un ser peredecero y tiene que prever que hay un juicio final, entonces hay que trabajar en esta vida para que en el juicio final tu opción sea el cielo o el purgatorio”, advierte.


¿POR QUÉ SE DESTRUYÓ?


Entre 1954 y 55, se dio un proceso para el cambio de uso de los espacios coloniales que abarco al menos tres aspectos: el primero, la destrucción de casas para hacer estacionamientos; el segundo, las casas coloniales que se cauterizan por falta de mantenimiento y finalmente se abandonan; y el tercero, es el cambio de uso del espacio habitacional por comercial o de divertimiento.


“Un ejemplo de este último que tiene que ver con el desarrollo tecnológico y con la introducción de capitales empresariales, es la inversión en cines que se dio en las grandes capitales y estaba ligado a un discurso de modernidad, progreso y tecnología del período”, detalla.


Cuando compraron la Casa del Deán empezó su destrucción para construir un cine, precisamente por este cambio de uso del espacio en el que cualquier elemento o mobiliario constructivo colonial era sinónimo de retroceso. Se buscaba hacer arquitectura funcional moderna, con el uso de nuevos materiales constructivos como el hormigón y el acero.



EL RESCATE DE LOS FRESCOS


“Mi papá, Ramón Pablo Loreto, junto con otros grabadores poblanos de su grupo en el que estaban Fernando Ramírez Osorio, Tenorio y Faustino Salazar, por decir algunos, recurrieron a don Manuel Toussaint en la UNAM, a Francisco de la Maza y a la doctora Elisa Vargaslugo Rangel para que los asesoraran”, subraya.


Dice que ellos les enviaron material y les explicaron que este cambio de uso del espacio iba a transformar la ciudad y su paisaje, así como la fisionomía y la función urbana.


Entonces se dieron a la tarea de enfrentarse a las autoridades a través de escritos en los que pedían que se rescatara la Casa del Deán y que no se termine de destruir, asegura la doctora, y agrega que, esos oficios llegaron a la presidencia de la República y se logró la intervención del naciente INAH, se acordó una mediación para dejar las salas donde estaba pintados los frescos; y para adaptarlo como un museo de sitio se cambió de lugar la escalera principal de la casa que ahora está a un costado.


“Este logró se debió al trabajo en conjunto entre el grupo de los grabadores y la asesoría de gente de la UNAM, pero también a la voluntad de la sociedad civil por salvar y resguardar esta ´casa monumento´”, subraya


“Cuando juntamos las casas monumento y vemos el desarrollo, la simetría y el ritmo de la calle, entonces tenemos el paisaje”, puntualiza Loreto refiriéndose a su libro “La ciudad como paisaje” en el que profundiza y explica el proceso de rescate de la Casa del Deán.


Texto de: El Sol de Puebla

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